El comandante yankee de la revolución cubana

 

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Mucho se ha escrito acerca de William Alexander Morgan, el norteamericano que se convirtió en legendario comandante y una de las figuras más controversiales de la revolución cubana y de la Guerra Fría. En la foto de 1958 en la sierra del Escambray, tomada en tiempos de la lucha insurreccional contra el batistato, se ve al comandante yankee junto a su esposa Olguita, quien después del fusilamiento de William, en Marzo de 1961, cumpliera largos años de prisión política en Cuba. Tras analizar documentos desclasificados del Buró Federal de Investigaciones (FBI), la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Departamento de Estado, Michael Sallah, del Miami Herald, y Mitch Weiss, de Associated Press, lograron armar detalladamente la vida del ex soldado en un libro que acaba de publicarse, Yankee Comandante. Los autores, ganadores de un premio Pulitzer en el 2004, brindan nuevos detalles de las secretas peleas de Morgan con Fidel Castro, Che Guevara, la CIA y la Mafia por el control de Cuba, durante uno de los períodos más peligrosos de la historia de Cuba y Estados Unidos. A continuación, se presentan dos fragmentos del libro, uno de ellos narra una batalla que Morgan dirigió durante la lucha armada contra la dictadura de Batista.

La toma de Cumanayagua

Morgan se acomodó el fusil Sten en el hombro y apuró el paso hacia el sendero. Estaba decidido que nada impediría que él y sus hombres llegaran al primer pueblo, Cumanayagua. Desde el campamento, Olga miraba a su esposo hasta que el uniforme verdeolivo que vestía desapareció entre los arbustos. En unas pocas horas, la columna iría al valle de la muerte.

Más de 100 millas al este, las tropas del gobierno le habían tendido una emboscada a una columna del 26 de Julio, en la que mataron a 18 rebeldes e hirieron a 11. Pero nadie sabía cuándo el ejército iba a atacar las posiciones que estaban en el sur. Durante estos tensos e inciertos momentos, Morgan miraba fijamente al frente, sujetando su arma como si se tratara de un objeto sagrado. Durante gran parte de la caminata, apenas habló, salvo para observar a ratos el mapa y asegurarse de que mantenía el mismo paso con Menoyo. De vez en cuando, un mensajero a caballo se les acercaba, y les daba detalles e información sobre los lugares donde estaban los otros comandantes.

En la distancia, las azoteas de las edificaciones de Cumanayagua sobresalían por encima del largo camino. El pueblo está a solo 12 millas de Cienfuegos, la más importante ciudad portuaria y sustento del gobierno.

Morgan le dio instrucciones a sus hombres para que se dividieran en dos equipos –como habían hecho en las montañas– y entraran a la ciudad desde diferentes puntos.

Su primer blanco sería el cuartel donde el ejército guardaba las armas y las municiones. Además de toparse con las tropas del gobierno, era Nochebuena, de modo que también podría haber civiles en las calles. Los hombres debían permanecer escondidos lo más posible, protegiéndose en los portales y vidrieras de las tiendas, y necesitaban tomar una calle a la vez.

Al frente de su equipo, Morgan se movía a lo largo de una calle que llevaba directamente a la ciudad. En el cielo, había un gran ruido que comenzó a aumentar por segundos. Los rebeldes miraron y vieron dos B-26 que surgieron de entre las nubes.tumblr_m55q0xpzy51qzzsi9o1_500

Algunos de los hombres se quedaron paralizados, pero Morgan ni se inmutó. Apuró el paso por el pueblo y luego se escondió tras unas casas de estuco. Momentos después, los aviones sobrevolaron el pueblo y ametrallaron el camino polvoriento. Los peatones corrieron en busca de protección, metiéndose en tiendas y escondiéndose debajo de árboles. De repente, los rebeldes vieron a Morgan aparecer en una azotea.

Con su silueta contra el cielo, gritaba al tiempo que alzaba su Sten y le disparaba a uno de los aviones. Incluso cuando el aparato giró y se alejó, Morgan siguió disparándole.

Del mismo modo que llegaron, los aviones desaparecieron.

La gente miró al hombre en la azotea y aplaudió. Los rebeldes supieron pronto que la mayoría de los soldados huyeron rumbo a Cienfuegos antes que ellos llegaran. Los pocos que quedaban se rindieron de inmediato. William Morgan había tomado Cumanayagua.

Aclamado como héroe de la revolución, Morgan no tardó en pedir que se celebraran elecciones y que el nuevo gobierno ayudara a los campesinos en las montañas, pero terminó por romper con Fidel Castro cuando el líder cubano estrechó sus lazos con la Unión Soviética y permitió la llegada de asesores militares soviéticos a la isla. Arrestado por encabezar una revuelta en las montañas contra el gobierno, Morgan fue juzgado por un tribunal militar que lo condenó a muerte y fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento en 1961. Se negó a que le vendaran los ojos ni le pusieran esposas.

Desafiando al pelotón de fusilamiento

Una suave brisa soplaba a través de la bahía mientras los guardias ocupaban el lugar que les correspondía en el foso de La Cabaña, como hacían noche a noche antes de formar frente al paredón de fusilamiento. En la distancia, se oyó el ruido de un vehículo cuando traspasó la gran puerta de hierro en el extremo más alejado de la fortaleza. Morgan se paró al lado del sacerdote, John Joseph McKniff; era otra noche tranquila sobre el mar infinito y oscuro.

El viejo cura temía estas noches. Había visto ya el fusilamiento de muchos hombres en el paredón después de orar con ellos y tantas muertes lo habían enfermado. Sin embargo, algo lo estremeció cuando conoció a Morgan. En la quietud de su celda, Morgan le susurró su última confesión y al instante se volvió hacia él calmadamente y le dijo que no tenía miedo a morir. Se suponía que sería ejecutado a la mañana siguiente de acuerdo con lo previsto, pero Morgan y Carreras pidieron que sus sentencias se cumplieran esa misma noche.

“Estoy en paz con Dios”, escribió en su celda. “Puedo aceptar cualquier cosa que suceda porque tengo la mente clara y gran fuerza de espíritu”.

Uno al lado del otro, los dos hombres oyeron un sonido que venía de la prisión que comenzó como un susurro y fue subiendo poco a poco de tono. El viento amortiguó el ruido que venía del centro de la vieja fortaleza, pero al prestarle mayor atención podían escuchar la palabra “Viva” y luego otra: “Morgan” Y de nuevo: “Viva… Morgan”.

A los guardias no les gustó nada lo que estaba ocurriendo. Los prisioneros coreaban al unísono, un indicio de que algo iba a ocurrir. Desde que Morgan había sido juzgado, los presos estaban intranquilos, gritándoles a los guardias y reuniéndose en grupos en el patio de concreto. Ahora gritaban “Viva Morgan”.

Había rumores de que podría venir un ataque desde el exterior, lo que hizo que algunos de los soldados mantuvieran una vigilancia constante en la azotea, preparando ametralladoras calibre .50 fabricadas en Checoslovaquia y armas antiaéreas rusas. Los guardias solo tenían que subir a Morgan al vehículo que lo llevaría hasta el paredón. Actuaban con apuro.

El vehículo rodeó la esquina del foso, con un gran rugido. Los guardias le habían quitado el silenciador al vehículo para que hiciera un gran estruendo con el fin de asustar a los prisioneros.

Mientras Morgan y McKniff esperaban de pie, el sacerdote miró levemente a Morgan. Eran momentos en que los hombres empezaban a gemir o temblaban de forma incontrolable. Algunos se negaban a subir al auto, y se quedaban paralizados en el suelo hasta que un guardia les pegaba sin piedad detrás de las piernas con la culata del fusil. Algunos incluso se orinaban en los pantalones. Pero Morgan esperó con gran serenidad hasta que el guardia abrió la puerta trasera, y se sentó en el asiento trasero sin pronunciar una palabra.

Cuando el auto arrancó, el padre McKniff se percató de que los labios de Morgan se movían. Al acercarse un poco más, pudo escuchar que Morgan estaba rezando. Era como si Morgan no pudiera oír el ruido del motor. El vehículo retumbó alrededor de la pared de piedra que rodeaba la fortaleza hasta que se detuvo en el centro de un foso con hierba, el mismo sitio donde llevaban a los condenados a muerte.

Cada vez que el auto se detenía en este sitio, el corazón de McKniff latía más de prisa. En vez de disminuir, cada día eran más las ejecuciones. El sacerdote vivía en La Habana desde 1939, pero los dos últimos años habían sido terribles. Los guardias abrieron la puerta trasera del automóvil.

Morgan se paró, se volvió hacia los hombres, y se alejó del automóvil.

Al otro lado de La Cabaña, la ciudad seguía viva, el brillo débil de las luces del carnaval iluminaba la espesa oscuridad. Cuando Morgan apareció entre las sombras, un guardia apretó un interruptor, y de pronto todo el foso quedó alumbrado. Los guardias miraron a Morgan, pero él estaba impávido. Como le escribió en su última carta a su madre: “No es cuándo un hombre muere, sino de qué forma muere”.

Morgan le mostró las manos esposadas al jefe del pelotón. “No quiero llevar puesta esposas”, dijo. Sin dudarlo, el hombre accedió con un movimiento de cabeza. Morgan estaba condenado a muerte, pero seguía siendo comandante.

Con las manos libres, Morgan se volvió hacia el sacerdote y lo abrazó. En muy poco tiempo, ambos hombres habían establecido un hondo lazo afectivo. Luego Morgan se volvió, se acercó al sargento del pelotón de fusilamiento y parándose directamente frente a él sorprendió a todo el mundo cuando lo abrazó. “Dile a los muchachos que los perdono”, le dijo.

Por un brevísimo momento nadie dijo una palabra.

Todas las noches se fusilaba, pero nunca habían presenciado algo así. Morgan le dio la espalda al pelotón de fusilamiento, y caminó lentamente hacia el paredón lleno de agujeros de balas. McKniff lo siguió, susurrando una oración y después hizo la señal de la cruz.

Cuando el sacerdote se alejaba, Morgan lo detuvo. “Padre, espere”, le dijo, quitándose el rosario del cuello. “Tome esto”. McKniff guardó el objeto en un bolsillo.

Tras esperar que Morgan ocupara su lugar, el sargento le ordenó a su hombres que estuvieran listos. El pelotón se alineó, y los soldados alzaron sus fusiles belgas FAL. Bajo las luces, Morgan parecía más grande de lo que realmente era. Miraba fijamente al pelotón.

“¡Fuego!”, gritó el sargento.

El estallido de los disparos rompió el aire, y el impacto de las balas lanzaron a Morgan contra el paredón. En lugar de tirarle al corazón o incluso a la cabeza, le dispararon a las piernas. McKniff vio que Morgan no estaba tirado en el suelo, sino sentado. El sacerdote pudo escuchar que trataba de buscar aliento. Las hienas le apuntaron a las rodillas.. Pudo ver que todo el cuerpo le dolía a Morgan.

Respirando profundamente, Morgan miró al guardia que caminaba hacia él. Después de detenerse a apenas unos pies de distancia, el hombre apuntó con una metralleta al pecho de Morgan que jadea, y apretó el gatillo.

El ruido se oyó en todo el patio de la prisión y el humo del arma subió.

Los guardias bajaron los fusiles.

Hubo un sencillo servicio fúnebre para Morgan en el Cementerio de Colón, en La Habana, donde fue enterrado. Pero ahora, tras el reciente anuncio hecho por el presidente Barack Obama para normalizar las relaciones con Cuba al cabo de más de medio siglo, varios miembros del Congreso están presionando para satisfacer una petición hecha desde hace largos años por la familia de Morgan. Quieren que sus restos sean devueltos a su Ohio natal, y enterrarlo allí nuevamente.

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